PELIGROSAMENTE MORADOS, por Óscar Izquierdo, presidente de FEPECO

La construcción toma las riendas del empleo - CEOE-Tenerife

 

Estamos inmersos en un estado de cosas donde la diatriba es permanente de todos contra todos. Es impensable llegar a consensos oportunos, por cierto, ahora más que nunca necesarios, por la falta de voluntad de los que tienen responsabilidades públicas. Enredados en buscar contrincantes más que aliados. Se escudriña permanentemente el frentismo, para desviar la atención sobre los verdaderos problemas que nos atenazan y discutir sobre asuntos que no tienen mucho recorrido. Se trata de despistar, para que la ciudadanía no enfoque los asuntos allí donde están las dificultades. De esa manera se consigue una gobernanza de la cosa pública embarullada, además de inconexa. Principalmente los integrantes del pensamiento único, esos que se arrogan una superioridad moral por encima de cualquier error humano, son los que practican incasablemente ese combate dialéctico, porque se encuentran cómodos en la confrontación permanente, para perder el tiempo irremediablemente, aumentar los problemas, no solucionar nada y crispar el ambiente, revolviéndose en el propio vómito.    

Las soluciones necesitan sosiego, diálogo permanente, ganas de sumar, aportando propuestas atrayentes y sobre todo aceptables. En nuestro país, se ha olvidado ese camino, que tan buenos resultados ha dado donde se implanta sinceramente. Está prevaleciendo la enemistad beligerante, sin visos de llegar a acercamientos posibles. Desde la soberbia personal sólo se consigue mayor enemistad. La querencia manifiesta de imponer la ideología de cada cual, influye en destapar por el contrario defensas numantinas, lo que provoca el alejamiento total, descartando cualquier posibilidad de encuentro. Todo este panorama desolador, lleva al enquistamiento de los asuntos, no arreglando nada, pudriéndose las cuestiones pendientes y llevándonos a un abismo del que será difícil recuperarse. Mientras los políticos juegan a conseguir implantar sus intereses personales o partidistas y sobre todo ideológicos, los demás, la inmensa mayoría, vemos perplejos ese espectáculo lamentable, que afecta directamente a la perdida de calidad de vida y a un desmejoramiento del tan esperado bienestar social. Es una paradoja bien definida, cuanto mejor les va a los políticos, especialmente a los intransigentes, peor les va a los ciudadanos.

Lo más dramático es que son entorpecedores de una recuperación económica imperiosa, que posibilite salir de la crisis social creada como consecuencia de la pandemia sanitaria todavía no resuelta completamente. No aportan resultados, arreglos o compromisos, en cambio, son profesionales de engendrar contrariedades, eso sí, siempre salvaguardando su estabilidad personal o económica, como una máxima irrenunciable. Sería conveniente que se pudiera implantar una especie de productividad, medible, de lo que hacen o dejan de hacer los representantes públicos en las distintas administraciones, para saber si sirven, son un florero más o simplemente son trastos con dos piernas.

Esos podemos morados, encantadores de oídos, que encharcan lo que tocan, emperrados en desbastar cualquier territorio que gobiernan, especialistas en decir y no hacer o mejor dicho, en no dar ejemplo personal con lo que dicen públicamente, están muy avezados en provocar disturbios dialecticos, callejeros o institucionales, porque de ríos revueltos piensan sacar beneficios declarables o inconfesables, siempre amparados o protegidos en sus buenos emolumentos de alguna institución o administración del Estado, por cierto,   tan generosos, que les permiten utilizar el tiempo en hacerlo perder a los demás. Aunque ahora no les gusta que se les recuerde, por algo será, su vinculación con la Venezuela chavista o el Irán de los ayatolás, es bueno mentarlo, para saber a dónde nos quieren llevar. Los demagogos sobran, los populismos son una amenaza, porque empobrecen la existencia material de los ciudadanos, imposibilitando una actividad normalizada del tejido empresarial, creando mucha incertidumbre económica e inseguridad jurídica, que aleja inversiones productivas. Por el contrario, urge contar con políticos que defiendan el interés general, democráticamente, aportando buenos remedios y multiplicando gestiones eficientes.